Los virtuosos, los genios incomprendidos, los juguetes rotos... no son exclusivos del deporte en general. Están en todos los ámbitos. Pero el deporte y especialmente el fútbol encumbra al genio más rápido y con un problema añadido: Muchas veces no sabe entenderlo, valorarlo y sobre todo darle una posición adecuada.
Iván Vargas nos trae la semblanza de un futbolista, un genio, un superdotado... que como le pasó a otros hombres que pudieron reinar (voy a meter con calzador el libro de Rubén Uría que leí hace tiempo y que me marcó) quedó maldito. Brillaba cuando le dejaban, cuando estaba todo perdido, cuando sólo la inconsciencia podía ser la salvación y sobre todo, cuando la pizarra y la ortodoxia ya habían perdido el sentido.
Lo peor es que Onésimo era muy consciente y se sabía mejor. Estaba muy por encima del momento y de esa ortodoxia. Ni siquiera ese otro genio revolucionario como era Cruyff le dió alternativas. Onésimo tampoco fue un exceso de comprensión con entrenadores y compañeros. Talento, arrogancia, convencimiento, juventud...
¿Y la grada? Admiradores y detractores a partes iguales. Por pocos minutos que tuviera, Onésimo, como otros genios, generó arte y error y por lo tanto argumentos de todos los colores. La realidad es que el que paga quiere constancia, trabajo y cierto brillo... en ese orden.
En fin, Onésimo no encontró la confianza y la comprensión, otros, como bien contaba Rubén Uría en su libro se perdieron en múltiples casuísticas. El tiempo en esto tiene un factor curioso. Puede hacer que se valore mejor a un jugador ya perdido o que se olvide a otro que triunfó.
No puedo cerrar esta pequeña chapa sin agradecimiento. Es un lujo tener a tipos como Iván y Rubén, que contra toda corriente siguen trabajando en que ese olvido no sea definitivo. Yo pude ver a Onésimo, pero me encanta conocer aunque sea píldoras de esos jugadores que crearon este deporte. El trabajo está hecho, basta con sentarse a admirarlo.
Un abrazo del Abu


